Surcando la niebla de la Sierra Nevada de Santa Marta, en el Magdalena, un equipo forense de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (Ubpd) rastreó huellas para llegar a lugares donde la naturaleza guarda secretos que invisibilizó el conflicto armado. Allí, entre empinados picos de montañas y pronunciados descensos, se recuperó un cuerpo que podría ayudar a devolverle la esperanza a una familia que espera encontrar a su ser querido desaparecido tras años de búsqueda.
El día apenas comenzaba a clarear cuando los primeros rayos de luz intentaron abrirse paso entre la niebla. El frío que descendía por las montañas humedecía la hierba y se enredaba en las ramas de los árboles. A esa hora, el paisaje parecía suspendido en un silencio antiguo, de esos que solo se encuentran en los caminos rurales poco transitados y donde la tierra conoce historias que todavía no se han contado.
Por ahí avanzaba el equipo forense de la Unidad de Búsqueda. A lomo de mula, entre pendientes, senderos estrechos y una vegetación que dificultaba el paso, sus integrantes se internaban en las montañas siguiendo una huella que los conducía al lugar donde permanecía el cuerpo de una persona desaparecida hacía más de 22 años. Cada paso los acercaba a esa historia interrumpida por la violencia, a una vida que alguna vez tuvo casa, familia, trabajo, sueños y un lugar en la memoria de quienes todavía la esperan.
A las montañas del Caribe colombiano el conflicto armado llegó de manera abrupta. Sus actores irrumpieron en la tranquilidad de las comunidades rurales, alteraron sus rutinas y dejaron ausencias que, con el paso de los años, continuaron habitando los hogares, los caminos y las conversaciones a media voz. Muchas de esas personas nunca regresaron, otras quedaron en lugares distantes y distintos, lejos de sus seres queridos, mientras la incertidumbre se convertía en una compañía persistente para quienes emprendieron su búsqueda.
A más de 1.800 metros de altura, sobre la Sierra Nevada, se dio el encuentro entre la memoria, la tierra y el equipo de la Ubpd. La información sobre la posible ubicación del cuerpo había llegado a la entidad y con ella la posibilidad de emprender una acción humanitaria que exigía preparación, cuidado y respeto por el territorio. Los caminos se hacían más dificultosos a medida que el equipo ascendía. La neblina cubría por momentos el horizonte y luego se abría, dejando entrar pequeños destellos de luz que iluminaban la vegetación todavía mojada por el rocío.
La espera estaba atravesada también por las creencias que dan sentido a la vida y a la muerte en algunas comunidades campesinas. Allí donde la tradición y la espiritualidad acompañan la relación con los seres queridos, existe la idea de que quien muere, sin recibir cristiana sepultura, puede quedar vagando, sin rumbo ni descanso, hasta que alguien le ayude a encontrar su lugar donde descanse el alma.
Por eso, conservar aquel sitio no era solamente cuidar un cuerpo. Era mantener abierta una posibilidad de alivio, atender una convicción arraigada en la comunidad y procurar que la muerte no continuará siendo una historia suspendida entre la tierra y el silencio.











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