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Alguna vez te has preguntado por qué, incluso después de prometerte que reducirás el azúcar, ¿terminas cediendo ante el primer impulso? La respuesta no está solo en la fuerza de voluntad —ni en su supuesta falta—, sino en la propia biología. Nuestro cerebro, diseñado para sobrevivir y mantenerse activo a toda costa, prioriza la energía por encima de cualquier propósito estético o dieta de moda.
Entender esta realidad cambia por completo cómo vas a enfrentarte, a partir de ahora, a no comer más azúcar. Y es que el deseo de dulce no es un enemigo que debas derrotar, sino una señal que conviene interpretar correctamente. Desde la neurociencia, y apoyándonos en las explicaciones del catedrático en Psicobiología Ignacio Morgado, podemos comprender por qué ese impulso es tan persistente y, sobre todo, cómo gestionarlo de forma inteligente sin luchar contra nuestra propia naturaleza.
El órgano más “gastoso” de tu cuerpo
Hay una realidad ineludible: tu cerebro es una máquina de alto mantenimiento. Aunque representa apenas el 2 % de tu peso corporal, consume más del 20 % de la energía total que ingieres. Y esa demanda no entiende de descansos.
De hecho, tus neuronas trabajan sin pausa, con precisión milimétrica, de día y de noche, incluso mientras duermes. Su combustible fundamental es la glucosa. Por eso, cuando sientes una necesidad intensa de azúcar, no estás simplemente ante un antojo caprichoso, sino ante un mecanismo de supervivencia. Si el suministro energético cae en exceso, el sistema falla: se pierde la consciencia y las funciones vitales se ven comprometidas.
Desde un enfoque neurocientífico riguroso, la respuesta no es tan sencilla como algunos nos han hecho creer. De hecho, Morgado sostiene que no se puede —ni se debe— intentar eliminar el deseo de dulce, porque responde a una programación biológica esencial.
En otras palabras, los impulsos hacia el azúcar, la sal o las proteínas no son simples hábitos comparables a morderse las uñas. Son señales diseñadas para impulsarte a buscar aquello que tu organismo necesita en cada momento. Pretender anularlas sería como desconectar el indicador de gasolina del coche: el problema no desaparece, solo deja de avisar.
Estrés y ansiedad: el dulce como bálsamo
Seguro que has notado que, tras un día tenso o una reunión difícil, el antojo de algo dulce se intensifica. Aquí conviene diferenciar la necesidad energética del componente emocional.
Más allá del mito de que el estrés “consume” grandes cantidades extra de glucosa, lo cierto es que el azúcar resulta placentero. Activa el sistema de recompensa cerebral y proporciona una sensación rápida de alivio. Por eso, en contextos de ansiedad, el dulce funciona como un refugio químico inmediato. No siempre es falta de energía; a menudo es búsqueda de consuelo.
Y si a esto le añadimos el cansancio, el escenario se complica todavía más.
El factor sueño y la adaptación individual
Si decides reducir el consumo de azúcares procesados —una elección inteligente desde el punto de vista metabólico— debes saber que no existe un plazo universal de adaptación. Cada organismo responde a su ritmo. ¿De qué depende esa diferencia?
Influyen varios factores:
Genética: algunas personas son más sensibles a las señales de recompensa asociadas al dulce.
Historial alimentario: años de determinados hábitos moldean tu respuesta hormonal y tu tolerancia al sabor dulce.
Higiene del sueño: dormir mal altera la regulación del apetito. Si te acuestas con hambre o descansando poco, tu cerebro intensificará la búsqueda de energía al día siguiente.
Elegir mejor, no luchar contra tu biología
Tu cerebro no es un software que pueda “hackearse” con frases motivacionales. Es un sistema biológico diseñado para sobrevivir. El deseo de azúcar es, en esencia, una garantía de que tus neuronas sigan funcionando.
La clave, por tanto, no está en combatir ese impulso, sino en dirigirlo mejor. No se trata de eliminar la glucosa —que es necesaria—, sino de cambiar sus fuentes:
Sustituye azúcares refinados (bollería, refrescos, ultraprocesados) por fruta entera: aporta azúcares naturales acompañados de fibra, agua y antioxidantes, lo que ralentiza la absorción y evita picos bruscos de glucosa. (Hola.com).
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